martes, 26 de marzo de 2019

Nostalgia Colchagüina - Karen Bail


 

 

 

Nombre del libro: Héroes olvidados II: Nostalgia Colchagüina.

 

Autor: Karen Bail.

 

ASIN: B07PWYWFJF.

 

ISBN: 1091303444.


Páginas:
 242.

 

Editorial: Independiente.

 






Puedes adquirirlo en versión digital y en papel a través de Amazon. ¡Gratis en Kindle Unlimited!

 

 







Sinopsis







Karl ha vivido toda su vida acompañado de un fantasma, el gran amor de su padre. Tras un trágico episodio en su vida, que lo alejó para siempre de su madre, aquel fantasma ha reaparecido. A sus diecisiete años se ve en una encrucijada que lo llena de amargura, sus sueños se ven entorpecidos por la obstinación de su progenitor, por lo que tomará ventaja del pasado para cumplir sus sueños, aunque quizás eso cambie su vida para siempre.

Katrine, obcecada e impulsiva, ha vivido solo con su madre, guardando rencor por no haber conocido a su padre. Ilusionada por conocer el gran amor de quien le dio la vida, hará lo imposible por encontrarse frente a él. La amargura de una vida solitaria, la llevará a descubrir cosas de su pasado, aunque eso signifique hacerle daño a la mujer que le ha dado todo.

Dos jóvenes, dos historias y un gran amor cosechado en Iquique, añejados en el bello valle de Colchagua. 

 

Booktrailer

 

 


 




Reseñas de los compradores






 

 

 

 

 

Primer capítulo







Hotel Colchagua

 

 

 

 

 

A sus cuarenta y ocho años, Daniela había aprendido que la vida te puede brindar sorpresas inimaginables. Un día lo puedes tener todo y al siguiente perderlo. Pero debías estar dispuesto a aprender de ello y sobreponerte, y solo Dios sabía que ella lo había logrado, pues estaba en su época más próspera, al menos familiar y económicamente.

Hacía dieciséis años —dos años después de haber perdido al amor de su vida—, había cambiado el desierto de Atacama por el valle de Colchagua y, a pesar de que extrañaba Iquique, se había acostumbrado a aquella zona vitivinícola. Admiraba enormemente vivir en un país con tantos contrastes, tanto en entorno como en historia, ya que había dejado atrás los días en que se emborrachaba de salitre y culturas originarias, para embriagarse del periodo de la colonia y la calidez del campo chileno. Pero no se había alejado del todo, debido a que en el museo de Santa Cruz —propiedad del mismo dueño del hotel en que ella trabajaba—, había piezas históricas que la llevaban de vuelta al norte de Chile cada vez que lo necesitaba.

Gracias a su experiencia en diversas áreas del turismo, se había dedicado a la hotelería luego de despedirse de Iquique. Siempre había aceptado nuevos desafíos y, tras dejar su anterior trabajo en el aeropuerto de su ex ciudad, había decidido irse a Santa cruz —el corazón del valle de Colchagua—, por aquella oportunidad laboral. El sobrino de su jefe en el aeropuerto, era el encargado de recursos humanos en el Hotel Colchagua, y, tras revisar minuciosamente el antiguo currículo vitae de Daniela, la había aceptado como recepcionista. Pero su eficiencia, ahora, dieciséis años después de empezar ahí, le había otorgado el cargo de gerente en aquel prestigioso alojamiento.

Inspiró profundamente, se estaba atrasando demasiado enseñándole a la nueva recepcionista y, con los años, había perdido más que la paciencia.

—Isabel, sé que los comandos son diferentes en este sistema. Conozco el que manejan en el hotel en que trabajabas. Pero este es mejor y, aunque no lo creas, más sencillo. Mandaré al Julio para que te venga a ayudar. Pero te exijo que estudies un poco más, no puede ser que sigas cometiendo estos errores. Hoy casi anotas mal el apellido de un huésped y eso nos puede ocasionar problemas.

—Es que su apellido era muy raro.

—Ok, lo entiendo. Pero debes tener esto en mente: aunque el huésped se enoje, pregúntale las veces que sea necesario cómo se escribe. Si se enoja lo amenazas con no poner la reserva y punto. Él es el cliente, pero la cortesía se pierde cuando se ponen pesados. Después de todo, estamos ofreciendo un servicio, no pidiendo un favor.

Tras eso, Daniela se despidió de la muchacha y fue a su oficina para buscar sus cosas, se acercaba la hora de su salida y quería llegar pronto a su casa. O en realidad a su departamento. A pesar de que ahora vivía en una ciudad pequeña, con casas coloniales donde el pino oregón había sido reemplazado por las tejas antiguas, Daniela nunca quiso comprar una casa, le gustaba la seguridad del departamento y no quería desprenderse de su recuerdo iquiqueño.

Salió del hotel. No estaba lejos de su hogar, pero, al estar en pleno mes de noviembre, el calor la sofocaba y solo anhelaba despojarse de sus tacones, su falda tubo entallada de color negro; y su blusa que, supuestamente, era fresca. Miró la hora, eran las cinco y quince, su hija estaría en casa ya, esperándola pegada a la computadora. Siempre apuraba el paso, no temía por su seguridad viviendo en un lugar tan tranquilo, pero no le gustaba dejarla sola. Por las mañanas desayunaban juntas, luego se iban caminando al centro de la ciudad y Daniela se quedaba en el hotel, mientras su pupila cruzaba la calle para llegar al colegio católico en donde cursaba su último año de preparatoria.

Daniela se empeñó por demostrar su potencial en el trabajo y, con suma satisfacción, se había ganado el respeto de sus colegas. Su hija, que al llegar a Santa Cruz tenía apenas un año de vida, había estado muy bien protegida en la guardería que el hotel proporcionaba a sus empleadas, y de esa manera aquel lugar que alojaba turistas, se había convertido en su fortaleza.

Teniendo méritos en su área laboral, su jefe —ahora jubilado—, le había dado todas las regalías para poder vivir tranquilamente como mujer trabajadora y madre, así que, cuando su hija Katrine empezó a asistir al colegio, Daniela nunca tuvo inconvenientes. Bueno, sí tuvo uno. Decidió inscribir a su hija en el colegio que se encontraba frente al hotel —luego de cruzar la Plaza de Armas—, debido a que le sería fácil acudir en su ayuda. Pero en la entrevista se sintió incómoda, su hija Katrine Ignacia Herrera Herrera no tenía un padre. No le pusieron ataduras, pero le molestaba que le dijeran frases como: «¿Tienen el mismo apellido sus padres o…?», «Debe traer la libreta de matrimonio… si la tiene» o «Tenemos muchas madres solteras, las ayudamos como podemos». Su hija no necesitaba un padre, ella no necesitaba un marido y ninguna de las dos necesitaba a su familia, pero eso no sería muy comprendido.

Al llegar al Hospital Santa Cruz —en la ciudad, todo tiene el mismo nombre—, apuró el paso; ya nada más le quedaban un par de metros para llegar. Saludó al guardia e ingresó al patio común, con jardín y piscina. No era tan hermoso ni lujoso como el de Iquique, aunque sí le había costado casi lo mismo, pero le gustaba, sobre todo porque vivía muy poca gente. Era un único edificio de veinte pisos, pero, como en los alrededores de Santa Cruz había casas de campo y parcelas, las ventas habían sido ridículas así que tenía muy pocos vecinos. Sin ir más lejos, en su piso había solo un matrimonio joven.

Tocó la puerta de su departamento. Tenía llave, claro está, pero nunca la ocupaba para asegurarse de que su hija estuviese adentro. O que ella y su novio no estuvieran en alguna extraña postura. Después de unos segundos, sintió unos pasos arrastrarse por la estancia. A veces se preguntaba si lo hacía para molestarla o bien tenía un problema para levantar bien los pies. La puerta se abrió, dejando al descubierto unos saltones ojos azules que demostraban cansancio.

—Vas a tener que acostumbrarte a llevar la llave. El próximo año estarás sola.

Una espina se clavó en el corazón de Daniela. Sabía que su hija, que rendiría en un par de semanas la prueba de selección universitaria, al año siguiente empezaría sus estudios de Teatro en Santiago y, aunque estaba demasiado orgullosa, sabía que ahora de verdad estaría sola y triste en aquel departamento.

—Hola mamá —empezó a burlarse—, ¿cómo te fue en el trabajo? Bien, hija mía, de maravilla, ¿y a ti en el colegio? Excelente, madre querida.

Su hija blanqueó los ojos mientras se sentaba frente a la computadora. Tenían una buena relación, con altos y bajos, pero la vida había sido tranquila. Daniela la miraba y la encontraba hermosa. Entre las dos se parecían mucho, a excepción de los ojos, y esa diferencia hacía que Daniela mirara a Bjørn cada día de su vida, reflejado en el fruto de su amor. Nunca pudo contactarse con él para contarle, ni cuando supo que era libre. Tenía pánico, no quería aprovecharse de las desgracias del mundo para ser feliz.

Tras darse un largo baño, se vistió con un short y una camiseta de aseo. Katrine se encargaba de acomodar las camas y de limpiar las habitaciones, en tanto ella limpiaba la cocina, el baño y la pequeña sala de estar. Salió de la habitación y, tras buscar todas sus herramientas de limpieza, puso en su teléfono su lista de reproducción favorita, dejándose acompañar por la antigua canción «Sabor a ti» de Olga Tañon. Su hija, blanqueando los ojos tras la introducción instrumental, tomó su computadora.

—¡Ay mamá! Deberías cantar en tu cabeza. Así no se puede estudiar.

—¿Canto mal? —preguntó, llevándose la mano derecha al pecho fingiendo pesadez.

Lo único que escuchó tras eso, fue el portazo de su hija al ingresar a su habitación, quien probablemente estaría con sus audífonos puestos.

 

 

 

 

 

Si te gustan las novelas románticas plagadas de historia y sucesos interesantes, has llegado al lugar indicado.

Nostalgia Colchagüina es la segunda parte de la bilogía Héroes Olvidados, que empieza en Iquique Glorioso.

Es una novela mágica, que te hará viajar sin la necesidad de salir de casa, eso te lo aseguro.

 

¡No te arrepentirás!

 

 

 


jueves, 7 de marzo de 2019

Reseña del libro "La Historia de Jameela: Sueños Rotos"



¡Feliz jueves para todos! ¡Sean bienvenidos a una nueva entrada del blog!

As-salam aleikom (La paz esté contigo)

¿Por qué acabo de cambiar de idioma? No se asusten, seguiré con el español, pero quise poner un poco de la identidad del libro de hoy. Con orgullo les presento la reseña del libro "La historia de Jameela: Sueños rotos", de la escritora Bella Hayes. La segunda entrega de la trilogía de las hermanas Sfeir.

Te invito entonces a adentrarte en esta historia, con un libro que de seguro te transportará completamente, y espero que mi reseña le haga honor.




Sin más preámbulos, empecemos...






Nombre del libro: La historia de Jameela: Sueños rotos. Trilogía hermanas Sfeir n°2.

Autor: Bella Hayes

ASIN: B07F77NNFF

ISBN-10: 198334527X

Páginas: 240

Editorial: Independiente

Puedes adquirirlo en versión Digital o Impresa a través de Amazon. ¡Gratis en Kindle Unlimited!

miércoles, 6 de febrero de 2019

Reseña del libro "Aledis: Las perras no siempre ladran"



¡Sean todos bienvenidos a una nueva entrada del blog!

Para esta oportunidad, la reseña se tratará, como ya habrán leído en el título, del libro "Aledis: Las perras no siempre ladran" de la autora Luz Maestre. La primera entrega de la serie Amor sin condiciones.

Ahora, perritos míos, si me hacen el favor de no malgastar mi preciado tiempo, les exijo que se queden y lean todo el esfuerzo que he puesto en esta perfecta reseña.



Sin más preámbulos, empecemos...






Nombre del libro: Aledis: Las perras no siempre ladran. Amor sin condiciones I.

Autor: Luz Maestre

ASIN: B074LH98D2

ISBN-10: 1729414877

Páginas: 316

Editorial: Independiente

Puedes adquirirlo en versión Digital o Impresa a través de Amazon. ¡Gratis en Kindle Unlimited!

viernes, 18 de enero de 2019

Iquique glorioso - Karen Bail


 


Nombre del libro: Héroes olvidados I: Iquique Glorioso.

 

Autor: Karen Bail.

 

ASIN: B07MYB41DR.

 

ISBN: 9564014565.


Páginas:
 156.

 

Editorial: Independiente.

 





Puedes adquirirlo en versión digital y en papel a través de Amazon. ¡Gratis en Kindle Unlimited!

 

 






Sinopsis






Daniela tiene una vida muy estructurada: trabaja y vuelve a casa. Ella es agente de atención al pasajero en una importante línea aérea chilena, y es ahí donde conoce el desamor.

Frustrada por su vida sentimental, decide conocer la ciudad donde reside como una turista, alojándose en un costoso hotel para dejar atrás su amargura.

Bjørn deja Noruega aprovechando una oportunidad laboral que lo llevará a Chile por dos semanas, para escapar de un desamor. Necesita olvidar aquello que lo amarga dejando atrás ocho años de vida en pareja.

Dos seres amargados, acompañados de una bella ciudad que los hará encontrarse.

 

 

Booktrailer

 

 




Reseñas de los compradores






 

 

 

Primer capítulo






El pescador artesanal

 

 

 

 

 

Llego a mi habitación de hotel, se ve limpia y austera como todo lo que siempre ha representado mi vida, nada fuera de lugar o que incomode, todo listo para el feliz turista que desea venir a la ciudad de Iquique para pasar sus miserables vacaciones. Dejo todo mi equipaje en el suelo, que solo consiste en una maleta de mano negra y un pequeño bolso, quizás en estos días deba ir a buscar más ropa a mi departamento, pero eso lo evaluaré con el tiempo.

Aún no puedo creer la estupidez que estoy haciendo, sin embargo, la vida se vive solo una vez ¿no? Al menos eso dicen aquellos que se conforman con esta puta vida de mierda en la que creces, estudias y sigues estudiando con la promesa de vivir tu vida sin angustiantes problemas, cuando en la realidad te la pasas tratando de impresionar a gente que no te conoce y que, por tener un mejor apellido que tú, merecen tu respeto porque se han ganado el puesto antes de nacer.

No sé cuánto tiempo he estado acostada en la cama, me parece que me he dormido unos minutos, pero no me importa, desde hoy empieza mi periodo de cambio, pues lo necesito. Necesito olvidar quién mierda soy, en dónde mierda trabajo y la puta vida que llevo. Reviso mi teléfono, este cabrón de mierda sigue llamándome y enviando mensajes, pero no quiero hablar con él, no lo necesito. Parece que fue ayer cuando lo conocí en el aeropuerto, pero de eso ya han pasado seis años. El señor importante venía a un evento en el «hotel Gaviota» proporcionado para sus empleados, evento que celebraba los años de la perfumería que su papito le entregaba. Increíble que en Iquique aún compren en ese lugar, aunque no lo niego, son buenos y baratos. José Pedro Laforet, tan idiota que nunca pudo terminar la universidad ni en antropología, ni en ingeniería comercial y mucho menos en comunicaciones, solo alcanzó a heredar el negocio de papi, pero la verdad no quiero pensar en él, quizás deba bajar al bar, últimamente es lo único que me llena, beber hasta olvidarlo todo.

Me rio de mis pensamientos mientras me visto frente al espejo. Cada día trabajo con la mejor sonrisa que poseo, pues así la gente empieza sus merecidas vacaciones, pero no puedo evitar pensar que, mientras avanzan por la manga que los dirige al interior del aeropuerto, mi boca dice «Bienvenido a Iquique» mientras mi mente grita «Gracias por no pescarme, conchetumadre».

Me quedo un instante viendo mi reflejo, no está nada de mal para tener treinta años. ¿Qué clase de mujer soy si solo me he relacionado con putos imbéciles? Tal vez olfatean la soledad, y en los últimos años, al parecer, es el único olor que puedo emanar, sobre todo porque me he enamorado de un puto hombre casado que me tiene cada vez que llega a esta cuidad. Pero desde hoy no será así, desde hoy mi vida cambiará. ¿Por qué? Porque ya no quiero ser la mujer escape, desde hoy aprovecharé de vivir mi vida al máximo. Por ejemplo, hoy quiero embriagarme y no me importa nada. No quiero conocer a nadie, solo beber y empezar a vivir, aunque no sé cómo se hace eso, creo que lo olvidé cuando conocí al puto hijito de papá.

Estoy en la barra y pido una «Caipiroska». ¿Por qué? Supongo que porque es el único trago decente que se sirve en esta ciudad, fuera del pisco sour, maracuyá sour, mango sour, guayaba sour, y todos los sour que quisieron inventar en la hotelería para atraer turistas desesperados por algo autóctono. Aunque sé de buena fuente que este hotel compra mango peruano, a pesar de que el mango de Pica es mejor. En fin, sigo concentrada en mi Caipiroska, nada más que limón macerado con azúcar y vodka, un dulce veneno que recorre mi interior y me hace olvidar. Olvidar y nada más.

—¿Señor? Su celular se ha caído —dice Gustavo, el bartender, para luego dirigirse a mí—: ¿Dani? ¿Puedes decirle que…?

—¿Aún no aprendes inglés, Gustavo? Debes actualizarte o te pueden reemplazar —digo algo enojada, pero sonriendo para no demostrárselo al tímido sujeto tras la barra.

Lo veo moverse de un lado al otro tratando de demostrar que no ha tenido tiempo y me decido a ayudarlo. Recuerdo que lo conocí en un «Famtrip», que consiste en dos empresas que intercambian servicios para que se puedan promocionar. Cuando trabajaba en la agencia de viajes de Calama, me ofrecieron alojarme en este preciso hotel para poder recomendar de manera apropiada las instalaciones a los turistas, y quedé maravillada con lo dedicado y servicial que era Gustavo, aunque siempre le critiqué que no aprendiera a hablar en inglés. En fin, tiene casi sesenta años, si a alguien le voy a perdonar el no capacitarse es a él. Es injusto que siga trabajando, debería estar disfrutando de una jugosa jubilación, pero vivimos en Chile y esa no es una opción.

—Disculpa, se te ha caído el teléfono móvil —digo en mi perfecto inglés, aprendido en la universidad y mejorado en internet.

El sujeto parece no prestarme atención, está apoyado en la barra, pero mirando en dirección contraria a mí y con evidentes ganas de tumbarse sin fuerzas. No tengo tiempo para hacerme la compasiva. No hoy. Hoy vine a beber y olvidar mis problemas, no a cuidar a otro ser humano.

Me levanto de la barra y me acerco un poco más. Lo meneo fuertemente para que centre su mirada en mí y digo:

—¡Oye, imbécil!, tu teléfono móvil está en el suelo y yo no pienso recogerlo por ti.

Me mira y veo su rostro. Tiene el cabello marrón claro peinado hacia atrás, en donde se ve una clara marca en forma de «m» denotando el cabello que le falta en la frente. Sus ojos son azules, pero son tan saltones que no dan ganas de mirarlos por un periodo tan prolongado. Su nariz y sus labios son finos, tan finos que resultan «femeninos», y su expresión de enojo me asusta, no porque parezca peligroso, sino porque está verdaderamente harto, harto de todo y de todos, igual que yo. Quedo petrificada un momento ante su mirada, tiene el ceño fruncido y pienso que en cualquier momento me gritará o empujará. Me observa un segundo y luego parece reaccionar, mira hacia el suelo y recoge su maldito teléfono.

—Sorry —dice secamente y se da la vuelta.

Me devuelvo a mi taburete, que está a la asombrosa distancia de tres asientos más allá que el de aquel «gringo» mal educado, y me concentro en mi veneno, a eso vine. A eso y nada más.

—¿No vino don Fabián a la ciudad? —me pregunta Gustavo pillándome desprevenida.

¡Fabián! El puto de José escogió ese nombre porque le parecía juvenil y corriente, me lo comentó en una ocasión en que fuimos a beber al paseo Baquedano a uno de aquellos restaurantes de inspiración Aymara, luego de presentarse con el mesero, porque decía que era una manera de que te tomaran en serio en los locales, que eso demostraría que, quizás, habían descubierto a un potencial cliente. Pero yo sabía que todo lo que decía era mentira, se presentaba con un nombre falso por si en alguna ocasión traía a su pobre esposa a comer al mismo lugar, y aunque lo reconocieran, su nombre no era el mismo, así que probablemente se habrían confundido.

—Fabián y yo ya no estamos juntos —sentencio, mientras le hago una señal para que me traiga otra porción de veneno.

—Me alegro, Dani, ese tipo no me gusta para ti.

—¿No? Nunca te quejaste de sus propinas.

—Como cliente es el mejor, pero como pareja… —insinúa meneando su mano derecha abierta.

Lo asimilo y pienso en que quizás el mundo siempre sintió lástima de mí. José es guapo, de eso no hay dudas, pero no es un buen hombre, y yo no soy una buena mujer, estuve con él sabiendo que me haría daño y que había una familia de por medio.

La primera vez que lo vi fue en el aeropuerto, estaba vestido de traje a rayas y yo con mi uniforme. Me preguntó si sabía dónde podía encontrar a alguien de la empresa «Fly», que es la competencia de la empresa en la que trabajo yo. Pensé «¿Cómo no ha visto a ninguna si tienen ese corbatín fosforescente tan llamativo?», pero luego noté que me devoraba con la mirada, y asombrada también noté que no me importaba, que me gustaba que un hombre así se tomara tantas molestias en hablar conmigo. Luego de varios meses volví a verlo, claro que en ese entonces fue más directo y me invitó a salir.

—No me gusta salir con aquellos que tengan que ver con mi trabajo —le dije, mientras anotaba los datos de la última persona que no había recibido su equipaje en el Baggage claim.

—A mí tampoco —aseveró mientras me sonreía coquetamente—, es por eso que viajo en «Fly».

—¿Para invitarme a salir? —pregunté sin apartar la mirada del formulario que rellenaba en el mesón.

—¡Al fin lo has entendido! —dijo risueño y triunfante, sabiendo que yo no lo esperaba—. Entonces, ¿a qué hora paso por ti?

Me sentí cohibida, hacía mucho tiempo que no salía con alguien a quien no conociera antes. Las relaciones, siempre las había mantenido dentro de un círculo, un amigo que me presentara alguien, un excompañero de trabajo, alguien del ambiente del turismo y así sucesivamente. Lo miré fijamente y me agradó su arrogancia, me agradó que fuera tan diferente al resto de los hombres que había conocido. Llevaba la palabra «adinerado» en la frente, era alto, blanco tostado —por los viajes que solía hacer—, sus ojos y cabello marrón eran impactantes, aunque no fuera un color muy especial en un país como este, y su camisa polo, americana azul, y sus «Dockers» recién planchados resaltaban el «Paco Rabbane» que emanaba de él.

Rechacé la invitación, pero al día siguiente volvió, sabiendo, no sé cómo, a la hora que terminaba mi turno. Lo vi afuera del aeropuerto fumando un cigarrillo, mientras el «sprinter» me esperaba para llevarme a casa, a mí y a otros seis compañeros de diferentes áreas. Dudé un instante si alejarme inmediatamente, pero me acerqué, lo miré con el ceño fruncido y le hablé con la voz más potente que fui capaz:

—¿Qué hace aquí?

—Fumando un cigarrillo —me contestó sonriendo.

Eran las siete de la tarde, quería llegar pronto a casa y dejar todo el estrés del trabajo en el olvido, sin embargo, me hizo gracia ver lo seguro que se sentía de sí mismo.

—Escucha —continuó—, vine a disculparme. Quizás has creído que soy muy insistente y mi intención no es que creas que te estoy acosando.

—Perfecto, acepto sus disculpas. ¡Qué tenga un buen día!

—Pero esa no es mi disculpa. Tengo el auto estacionado…

—Lo sé —interrumpí—, créame que no me lo imagino caminando desde Iquique hasta aquí —dije blanqueando los ojos, pero solo provoqué que se pusiera a reír.

—Perdona, a veces, cuando alguien me gusta, digo estupideces.

—Me están esperando así que dejémoslo así.

—¿Te gustaría venir conmigo a comer? Conozco un lugar muy bueno y así podría disculparme mejor.

—Ya le dije que no me gusta salir con…

—Solo una comida, piensa que es un compromiso que no puedes cambiar. Una latosa cena con un tío lejano que no te agrada.

—Eso lo sacaste de una película —le reclamé tratando de acordarme. Era «Hitch».

—¡Me atrapaste! —dijo sonriendo, complacido al ver mi sonrisa—. Ok, si accedes no te molestaré más.

Acepté, y esa misma noche estábamos cenando en este mismo lugar, en este mismo hotel.

Bebo rápido después de mi último trago, ahora temo que mis piernas no reaccionen para llegar a mi habitación.

—Dani, creo que deberías irte y dejar de beber, te llamaré un taxi enseguida —me dice Gustavo revisando las tarjetas que tiene en la barra.

—No Gustavo, estoy alojada aquí, en la habitación setecientos ochenta y siete.

—¿Aquí, Dani?, pero si tu departamento queda a diez minutos caminando.

Suspiro, no tengo ganas de hablar, y me repugna la idea de mí misma deprimida en la barra de un bar, con un bartender como único confidente, pero Gustavo es de confianza y las Caipiroskas me sueltan la lengua.

—¿Sabías que la Caipiroska es mejor con azúcar granulada? —digo intentando ganar tiempo.

—No me cambies el tema Dani. ¿Qué pasó?

—Voy a empezar a vivir Gustavo, eso pasó —bufo, y acto seguido resoplo para empezar mi corto relato—. ¿Sabes cuánto tiempo he vivido en Iquique? Ocho años, Gus, ocho años en los que no he hecho otra cosa que trabajar para que los turistas disfruten. Primero como guía y ahora como «Agente de atención al pasajero».

»Antes de llegar al hotel hoy, ¿sabes qué hice? Por primera vez en todo el tiempo que he vivido aquí me paré frente al «Monumento al pescador artesanal» del principio de la península y lo miré directamente a los ojos. Es hermoso, lo disfruté. He contado miles de veces la historia del monumento, de todo el trabajo que conllevó, y también de la foto en la que se basaron, pero nunca lo había visto a los ojos, y en aquellos ojos cansados y desgastados me vi a mí misma, cargando con los peces de mi vida.

Gustavo me mira sonriendo condescendientemente. Asiento entendiendo a lo que se refiere con aquella sonrisa envejecida, que debo irme a la habitación ahora mismo. Me giro en el taburete y tomo mi bolso, cumplí con mi objetivo de salir a beber para olvidar las penas, ese era el paso uno, mañana tengo más panoramas por seguir y espero que siga dando resultado.

Pensaba que no había nadie más en el bar, pero creo que me he equivocado. El «gringo» torpe sigue echado encima de su taburete sin desprenderse de su vaso de whisky, que se posa junto con la botella que ha comprado. ¿Johnnie Walker?, ¿Jim Beam?, no logro verla, pero por su color madera deduzco que se trata de bourbon. ¿Estará tan deprimido como yo?, de cualquier forma lo veo mirar una y otra vez su teléfono, como si esperara respuestas que no llegan.

¡Momento! ¿Cuánto tiempo he estado parada tratando de mantener el equilibrio? Creo que estoy más borracha de lo que pensaba, pero mi dignidad me obliga a declinar la oferta de Gustavo de llamar a alguien para que me ayude.

Ya en la habitación, me acuesto sin quitarme el vestido y sin taparme. Iquique es rico por las noches y no me da la gana evitar la brisa marina. Recuerdo que al principio detestaba este clima caluroso y húmedo, sin embargo, ahora añoro el siguiente día de mi vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si te gustan las novelas románticas plagadas de historia y sucesos interesantes, has llegado al lugar indicado.

Iquique glorioso es una novela mágica, que te hará viajar sin la necesidad de salir de casa, eso te lo aseguro.

 

¡No te arrepentirás!